Supón siempre que el que te lee, que el que te escucha, es más inteligente que tú, o por lo menos, que puede aportarte nuevos puntos de vista.

Toma como indicador de tu éxito al transmitir conocimiento, inquietudes, entusiasmo, o cualquiera de las cosas que puedes pretender como educador,  sus preguntas.

Una buena pregunta es siempre consecuencia de una mente inteligente ante un buen discurso, que ha conseguido un objetivo fundamental: captar la atención.